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Paul Ubana Jones-Mory Kanté |
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Texto: Paco Salas. Fotos: Prensa Pirineos Sur.
Con el regusto aun caliente de las mornas de Cesaria Evora, afrontábamos una noche cuya primera parte era una sorpresa para todos: lo único que sabíamos la mayoría de los informadores que estamos en Pirineos Sur de Paul Ubana Jones, era lo que nos había proporcionado el gabinete de prensa y lo que venía en el catálogo de este año. Casi nadie había oído a este hombre robusto, entreverao entre USA y Nigeria, que desde los 80 reside en Nueva Zelanda. Y nuevamente el escenario de Lanuza nos vuelve a dar una sorpresa agradable.
Paul Ubana Jones apareció a pelo con su guitarra acústica y su buen rollo y nos dejó perplejos a todos: voz rajada de mil batallas musicales, de treinta años forjando y desarrollando un estilo acústico propio con su guitarra y con un resultado excepcional, pues mantener la tensión de más de tres mil personas en Lanuza es un mérito, y si es a pulso, más merito todavía. Se dejó literalmente el pellejo en el escenario entre baladas, blues y otras canciones. Después lo acompañó un poquito un grupo de ritmo que se acopló muy bien al artista, y remató como empezó: a lo grande, él solito sin ningún tipo de parafernalia, para regalarnos unos cuantos bises y dejar constancia de que por allí había pasado un grande, lamentablemente desconocido y que gracias a Pirineos Sur hemos tenido la oportunidad de conocer y de disfrutar de su música.
Todos esperábamos a una banda eléctrica y con vientos, pero la cosa no fue así, pues el concierto de Mory Kantè (que apareció pasada la media hora del comienzo de la actuación) fue totalmente acústico y percusivo, a base de ritmos mandingas (estaban esperando al maestro que se había perdido entre Jaca y Sabiñánigo). Pero no se notó demasiado, pues el grupo le hizo un buen quite de espera. A partir de ahí, lo que esperábamos: un Mory Kantè pletórico, con una banda tremenda, unas coristas bailarinas eléctricas, y unos marimberos de lujo. Es la primera vez que veía a Kantè en plan acústico y tengo que confesar que me gustó mucho, pues sin el atropello de los vientos su música ofrece otra dimensión desconocida y auténtica, tiene otros matices menos europeos. Con la kora y el balafón hace este tío lo que le da la gana, y su mérito radicó en su momento en adaptar las sonoridades tradicionales mandingas al lenguaje eléctrico del rock y el funk. Ahora, en semiacústico, su música tiene otro paladar, otro regusto más autentico, hasta el punto de que la versión tradicional que hicieron de su "Yèkè Yèkè" al final de la actuación, nos conmovió a todos los presentes, aparte de ponernos a bailar frenéticamente. Lo mandinga llenó Lanuza de una manera espectacular: colores, músicas, danzas, cantes y muchas cosas más, para mandarnos a La Cueva de Raúl (en Formigal) con un vacilón considerable. Allí, por sorpresa, Rodolfo Poveda (de Radio 3) le dio un remate espectacular a la noche, pinchando para la clientela que no paró de alucinar en toda la noche. Si, si, es Poveda, si, si, esto es el espíritu de Pirineos Sur.
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