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A diferencia de otros músicos, Rubalcaba no se ha aprovechado de su origen para colocarse la rentable etiqueta de latin jazz y, hasta ahora, se ha decantado por un jazz más profundo y comprometido en el que lo latino surge de forma natural, más como un medio expresivo que como un fin. Sus manos pueden desatar un verdadero vendaval de notas, incluso a los tiempos más rápidos; los pasajes más enrevesados son tratados por él con una espeluznante fluidez, tanto cuando se mueve dentro de la armonía como cuando gravita alrededor de los acordes. Su sentido rítmico le permite llevar al límite las posibilidades percusivas del piano, algo que los músicos de jazz han tenido en cuenta desde siempre. Forjado en las maquinarias fogosas de Dizzy Gillespie y Wynton Marsalis, su estilo se ha ido volviendo más intimista y económico con los años, como lo demuestran sus dos últimos trabajos para el sello Blue Note: Antiguo (1998), una joya musical, y su reciente Inner Voyage (1999) o su celebrado Flyng Colors junto al gran saxofonista Joe
Lovano.
Desde que tocaba con el maestro Gillespie la vertiginosa versión de Night in Tunisia en el documental Una noche en La Habana, hasta su consagración en el concierto del Festival de Montreux de 1994 junto a Charlie Haden y Paul Motian que fue recogido en el disco Discovery, o su inclusión por la crítica especializada entre los mejores cincuenta pianistas del Siglo XX junto a Rubinstein o Ellington, la carrera musical de Rubalcaba es aún corta por su juventud, treinta y seis años, pero intensa y espectacular.
Los músicos que acompañan a Rubalcaba son Carlos Henriquez, un virtuoso bajista y el conocido baterista Ignacio Berroa, excomponente de Irakere, que ha desempeñado un papel clave en la integración de la batería en la música latina y habitual de las formaciones de Dizzy
Gillespie.
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