|

El piano maravilloso de Cecil Garland, las orquestas de Glenn Miller, Louis Armstrong o Duke Ellington. Ahí se detenían los conocimientos musicales que teníamos en unos tiempos en los que encontrar un disco de jazz en una ciudad de una oscura provincia constituía una tarea tan titánica y podía dejar tan exhausto que apenas quedaban ya ganas de encender el aparato al llegar a casa. En ese páramo apenas si conocíamos por referencias unos cuantos nombres a los que nuestra propia ignorancia confería una dimensión mítica: Charlie Parker, Billie Holiday...
Y entre ellos había un tal Ahmad Jamal, un pianista que se había convertido al Islam, rehabilitando su auténtico nombre, y que había sido tocado por el gran Miles Davis -tan despectivo por lo demás para con sus contemporáneos- como un músico ungido por la gracia de los elegidos: en su Autobiografía lo define como "la manera de tocar el piano".
Y es que, en efecto, pocos artistas como Jamal pueden encarnar lo que ha significado la edad contemporánea en el jazz: por un lado la brillantez y el virtuosismo, por otro la sencillez y la escasa grandilocuencia, amalgama que confiere a su música la sutileza de los elegidos.
Para llegar hasta ahí, el músico de Pittsburgh (1930) ha recorrido un largo camino que comienza con sus primeras lecciones de música a la edad de seis años; dos después ya interpretaba a Chopin y a Gershwin y con 11 se convierte en profesional, firmando su primera pieza para big band. Frente a una época como la actual, dominada según él por los "competidores", Jamal siempre se refiere a la suerte de haber nacido en una época de grandes "innovadores" del jazz: Art Tatum, Nat King Cole, Charlie Parker, Billie Holiday, Lester Young.... Que su trío sonara como una orquesta, en la misma onda de Ellington, de Oscar Peterson, de su admirado Tatum, era la principal meta de un Jamal que debuta con esta formación a los 21 años (1951) y tiene su primer éxito discográfico al año siguiente con un arreglo de la canción popular Billy Boy.
Esta década de los Cincuenta supone la consagración del pianista y su invención de lo que va a ser el trío de jazz moderno junto con los músicos Israel Crosby y Vernell Fournier. Es el primer artista de jazz en vender más de un millón de copias de un disco sencillo y funda su propio club en Chicago, el Alhambra, del que saldrían grabaciones memorables.
Tras un alto en el camino, vuelve con otra destacadísima sección rítmica de la que nos quedan grabaciones para Impulse! como The Awakening, un ejemplo de la capacidad de evolución y de búsqueda perpetua de nuevos horizontes musicales.
En los 80 graba para el sello Atlantic álbumes como Digital Works, Pittsburgh o Live at The Montreal Jazz Festival. Los últimos años de su carrera marcan su apogeo comercial y artístico.
En 1994, graba por primera vez en su carrera con un saxofonista -George Coleman (una vez más Miles en el horizonte)-y un trompetista -Donald Byrd-, en lo que supone otra vuelta de tuerca a sus presupuestos musicales, dando lugar a un disco doble: The Essence.
Y como último jalón de ese camino, la vuelta a la sencillez, el amor por el silencio, el gusto por la improvisación, que vienen de la mano de su productor y de la quietud de la Provenza, en la que graba
Nature.
|