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Texto y fotos: Juan Jesús García
Susana Cáncer: Emociones abisales
La conocimos como tecladista del entorno Corcobado y alrededor de otro tipos/as acostumbrados a cantar sin red: Ana D., José Luis Moreno-Ruiz, Nacho Laguna, Mil Dolores Pequeños o Coppini (aviso: el vigués ha regresado a los directos y busca fecha en Granada), pero ahora ya vuela sola, o mejor dicho, nada sola. Ella dice que empezó tocando, luego cantando y ahora escribiendo también -léase el ahora con toda la relatividad del mundo: su primer disco es de 2005-, pero entre cantar un mantra del Tao o hacer una letra (‘Jugetes’) repasando el estante del dormitorio y escribir la marinera y sensible ‘Cantos de sirenas’ hay un mar de distancia. A su lado ha tenido siempre a una colección de músicos con debilidad por lo excéntrico como Suso Sáiz, Javier Colis, Gonzalo Laceras, Javier Arnal, Faín Sanchez-Dueñas y por su puesto ese tipo más útil que una llave inglesa que es el mutitodo Justo Bagüeste. El baritonista la acompañó también en Granada con sus programaciones, saxo, computadora y moog junto al guitarrista Javier Bruna.
Susana tiene muy preparadas sus puestas en escena, con su orquesta de bolsillo y hasta unos focos cromados sixties modelo ‘cuéntame’. En su actuación no hay mucha cantidad de música, pero sobra intensidad; sin llegara sangrar por la pupa abierta como ‘Corcobator’ pero sí más lamida y con esa capacidad de recuperación emotiva y superación en la que nos aventajan muchas mujeres. Su voz grave, susurrada, con la espuma del micro rozando los labios y esa aspereza tan receptiva es de la escuela de la Nico menos sepulcral y resuena con los ojos cerrados a una Cristina LLiso de resaca. El acompañamiento es muy sutil,minimalista y delicado, aunque el insano colchón ruidista de fondo alarma sobre unas profundidades inquietantes que señalan su sentimiento de ser “eternos extranjeros” en todos sitios: hasta en el Emule, que Susana debe ser la única artista del mundo sin discos colgados.
Si ya nos sorprendió en su momento con una ‘des-versión’ de Roberto Carlos, ahora hace (e hizo) lo propio con otra de ‘Bonnie M’, esos ‘Océnaos de fantasía’ que sirvieron de llegada a sus ‘canciones acuáticas’, parte del último disco que utiliza el agua, dulce y salada, como metáfora ondulante de sentimientos abisales, oscuros, sin luz y lleno de seres extraños aún por descubrir. Un medio hostil pero magnético que permite a Susana atraer irremediablemente como cantos de una sirena negra. Y uno se deja ir.
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