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Texto y fotos: Juanma Cantos.
De todos los grupos versioneros que se mueven a lo largo y ancho de nuestro país, Mezcal son, sin dudas, uno de los más especiales y de los que mejor cuidan su repertorio.
Mezcal nace de la unión de José Antonio García y Quini Almendros, un ex 091 y un ex La Guardia, que buscan –y encuentran- en Mezcal una nueva forma de matar su gusanillo musical, alejados de los grandes escenarios. De todos es conocido que 091 –grupo de referencia ineludible en el rock andaluz- se disolvió precisamente porque sus músicos no querían arrastrarse por los escenarios, sino irse con la cabeza alta, marcharse dejando un bonito recuerdo. Ahora José Antonio trata de levantar esta banda con la inestimable ayuda de un Quini ajeno a la reunificación que, por la puerta de atrás y con un sentido totalmente inverso a la idea de Mezcal, sus antiguos compañeros de La Guardia han llevado a cabo. A ambos se unen Jaime Martínez, batería, Alberto Hernández, bajista, y Alberto Ruiz, guitarra, para la actual formación de Mezcal.
En resumen, Mezcal son un grupo cercano, de los que ganan con la proximidad al público, y que no se corta en versionear a su antojo, pero con criterio y sin pretensiones cuanto pasa por sus oídos directamente a sus cabezas. Esa es la temperatura vital necesaria para que un grupo como Mezcal funcione correctamente y esa era la que encontraron en una sala como la Iroquai, que registró un merecido lleno, por fin, de un público que quería recibir a los granadinos sin prejuicios y disfrutar de una noche de rock, sin más.
Mezcal arrancaron con su ya tradicional versión traducida al castellano de “Ain’t no sunshine” de John Waite para continuar con un variado y heterodoxo repertorio que incluyó apuntes de Nancy Sinatra (“These boots are made for walking”), Creedence Clearwater Revival (“Who’ll stop the rain”), “The riverboat song” de Ocean Colour Scene, “Here comes the sun” de The Beatles, traducidas también, recuerdos a Joe Strummer (productor del segundo disco de 091) con “London Calling” y concediendo al respetable hasta tres versiones de 091, que fueron de lo más coreado de la noche –no podía ser de otro modo-, sobre todo “La canción del espantapájaros” y un “La vida qué mala es”, vuelta a sus orígenes a lo Bo Diddley.
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