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Texto: Paco Salas.
Fotos: Antonio Martínez Rodríguez.
Jerry González sube el listón
El Festival de Jazz de Jaén dejaba el salón de actos de la UJA y volvía a su sitio natural en Jaén, que es el Club Chubby Cheek. Y allí nos encontramos la noche del miércoles 16 de noviembre con uno de los artistas más excéntricos y geniales del panorama musical internacional. Jerry González junto a su hermano, el contrabajista Andy González, han sido durante muchos años la columna vertebral del Latin Jazz en New York. Nacido en el Bronx, y harto de correr delante de la policía, un día, cuando tenía 18 años, sonó el teléfono de su casa, lo cogió y oyó la voz del mismísimo Dizzie Gillespie, que le dijo sin anestesia: “Jerry, necesito un conguero para mi banda y quiero que seas tú”. Y así fue como este rumbero con vocación de jazzista o viceversa entró en el mundo de las estrellas del jazz. Y es que Jerry empezó tocando las congas, para alternarlas con la trompeta a raíz de su aprendizaje en la banda de Gillespie.
A Jaén, al Chubby, llegó sin el bajista cubano Alain Pérez y sin el percusionista gitano “El Piraña”, que son miembros del actual grupo de Paco de Lucía y estos días estaban grabando. Trajo al batería cubano Enrique Ferrer “Kiki”, que toca habitualmente con el grupo Habana Abierta y acompaña a los grandes músicos nacionales en sus giras. Por tanto, los graves del contrabajo le tocaron al gran pianista cubano “Caramelo” que tubo que duplicar su faena con las teclas del piano.

Pero visto lo visto, si encima llegan a venir Alain Pérez y “El Piraña”, esa noche nos morimos de gusto. Porque no fue una noche más del Chubby y porque presenciamos un concierto que difícilmente podremos olvidar. El despliegue musical que hicieron estos tres salvajes del ritmo y del swing latino se desparramó por la sala, atrapó a los asistentes hasta niveles poco usuales y nos dejó un regusto en el cuerpo que para mí lo quisiera todos los días. Por ilustrar la crónica con algún tema concreto, nos dejaron una versión del clásico de Duke Ellington “In a sentimental mood” en la segunda parte del concierto, que quedará en la memoria colectiva de los que allí estuvimos y en la del Club de Jazz.
En resumen, más de dos horas de alto voltaje jazzero, con un Jerry González bordando la trompeta y las congas, con un “Caramelo” todoterreno y sacándole a su piano todo lo que tiene y un poquito más y un “Kiki” Ferrer tocando la batería como un poseso y marcando los tiempos como un maestro.
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