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Texto y fotos: Juan Jesús García.
Estirpe: Inventándoselo
Los cordobeses de Estirpe van ya para cumplir su décimo aniversario, una historia que empezó con un disco fundacional llamado ‘Idolos de papel’ que, a día de hoy parece de otro grupo viendo lo que son capaces de grabar o hacer en directo.
En la renovadísima sala Tren los cordobeses tuvieron para ir abriendo boca a Demiurgo.
Hijos de la carretera, no en vano el cantante tiene en casa el ejemplo de que los kilómetros son la mejor forja para un grupo, Estirpe han cuajado una banda pétrea e infalible. Si sonoramente resultan intachables, cuentan además con un vocalista acalambrado hasta el histrionismo de los que llenan el escenario ellos solos, y que suma a su gestualidad desbordante una voz ventrílocua de múltiples registros.
Pero más allá de su excelente presencia escénica el grupo cordobés ha sabido encontrar una personalidad propia e identificable desde el primer segundo. Partiendo del metal de fondo de sus primeras grabaciones, han logrado un material nuevo de compleja elaboración, en el que prima la ambientación, épica por segundos, afectada y con un lirismo doliente muy característico. Sin perder un gramo de presión sus canciones se visten con arreglos y una apariencia sofisticada que los hace muy originales al oído.
El sinfonismo de ‘Los diez mandamientos’, la profundidad tranquila de ‘Llámalo perdón’ son perfectamente compatibles con la rotundidad maciza de ‘Mi revolución’ (con un riff a lo Godfathers de entrada), la pegada ventral ‘Vértigo’ o el electrocutante ‘Color de mi voz’. Temas muy trabajados en el terreno de los ambientes y que con los teclados, algunos efectos electrónicos y una de las baterías más resolutivas del rock español (la de Javier Estévez) son la base del sonido Estirpe. Cuando todo es tan semejante y la autorepetición puntúa como fidelidad, empeñarse en marcar el territorio desde la diferencia es un valor seguro, al menos para cosechar amores u odios, pero nunca indiferencia.
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